Breve historia de la gente de la Serranía de los Paraguas

Pueblos indígenas del Alto Chocó en el siglo XVI, según Romoli (1976). Toro aparece en el lugar de su segunda fundación, en la cuenca del río Hábita, afluente del Ingará.

Juan Carlos Sandino

(última actualización: 20 de noviembre, 2016)

En toda Colombia (incluyendo el bajo San Juan y los Andes) hay evidencias de ocupación humana desde el Holoceno temprano, es decir desde hace unos 10,000 años (Aceituno & Loaiza 2015), un periodo durante el cual también ocurrieron muchos cambios climáticos en el Pacífico colombiano (Usselmann 2010) y se presentó actividad volcánica en la región central de los Andes de Colombia (Aceituno & Lalinde 2011). Ya para el Holoceno medio (hace 7,500-3,000 años) hay evidencias de la Cordillera Central (en lo que ahora es Risaralda) del uso indígena de plantas domesticadas tanto locales como de otras regiones (fríjol y maíz, respectivamente) (Aceituno & Lalinde 2011), por lo cual podemos presumir que desde el Holoceno medio a reciente la Serranía de los Paraguas fue ocupada, y luego cultivada por comunidades humanas que formaron redes de flujo inter-regional de productos. Los antepasados indígenas que habitaron la Serranía hace miles de años ya seguramente eran sabios agricultores, hábiles en sus transacciones y comían fríjol con arepa.

De estos antepasados milenarios seguramente descendían los cuatro pueblos indígenas que se nombran en las crónicas como habitantes de los paisajes de la Serranía de los Paraguas cuando la invadieron los españoles en el siglo XVI: Tootumas rodeando Cerro Torrá, Yngaráes en el la cuenca del Ingará, Guarras en la cuenca del río Vueltas y Chancos en el cañón del Garrapatas (Romoli 1976, Hansen 1991). Entre los siglos XVI y XVIII, el norte y sur de la Serranía de los Paraguas fueron los principales accesos de la invasión y saqueo español del alto Chocó (Romoli 1975).  El paso en el norte de la Serranía, entre el valle geográfico del río Cauca y la cuenca del río Ingará (muy probablemente también a través de la región de Galápagos por donde hoy pasa la carretera Cartago-San José del Palmar), fue de hecho el camino de la primera incursión española al Chocó, que resultó en la segunda fundación (6 de diciembre de 1573) de Nuestra Señora de Consolación de Toro en las estribaciones orientales de Cerro Torrá, a un día de camino del río Hábita, subiendo a sus cabeceras (Romoli 1975). Este primer asentamiento español en el Chocó habría de traer explotación, esclavitud y miseria a la región durante siglos.  

Nuestra Señora de Consolación colapsaría poco después y Toro volvería cerca al lugar de su primera fundación en la vertiente oriental de la Cordillera Occidental (Romoli 1975), pero la explotación de las minas de oro de Nóvita (cerca de las estribaciones norte de Cerro Torrá) continuaría hasta el siglo XVIII (Romoli 1975, Hansen 1991).  En un mapa de 1610 del Chocó (Lámina 6 en Romoli 1975) la Serranía de los Paraguas ni Cerro Torrá aparecen nombrados pero se ven como las cabeceras de varios ríos: aparecen los ríos Hábita (como Sara), Ingará, Sipí (como Tutturupí), Garrapatas (sin nombrar) y otros ocho ríos de la Serranía, destacando el conocimiento del territorio que los españoles tenían gracias a sus incursiones “pacificadoras” para extraer el oro del Chocó.

Luego de que la viruela desde 1578 (Romoli 1975) y probablemente otras enfermedades introducidas por los españoles comenzaron a diezmar las poblaciones indígenas, se introdujeron esclavos africanos a través de la ruta Cartagena-Cartago para trabajar en las minas de oro de Nóvita. El camino Nóvita-Cartago se usaría para el tráfico de africanos enviados hacia las minas y de oro hacia Cali y Popayán (Romoli 1975, Hansen 1991).  La minería esclavista, luego de alcanzar su pico en las primeras décadas del siglo XVIII (Hansen, 1991) decayó durante la segunda mitad de siglo para desaparecer con la abolición de la esclavitud en Colombia en 1851. En 1854 Nóvita, antigua capital de Provincia, el “país del oro”, quedaría tan despoblada que cambió de ubicación sin problemas; para 1938 contaba 100 casas y 600 habitantes (Pardo 2004).

Al final del siglo XVII se habla de los indios de las rutas de colonización al Chocó como "reducidos" y para el siglo XVIII ya sólo se reportan muy pequeños grupos indígenas en la región (Hansen 1991): los censos de 1778 hablan de cinco “pueblos de indios” con 1659 habitantes para toda la provincia de Nóvita (Nóvita, Tadó, Noanamá, Brazos, Sipí, Juntas, Baudó, Cajón) (Pardo 2004). Luego del siglo XVIII dejan de haber noticias de pueblos indígenas en la Serranía de los Paraguas. White (1883) menciona unos pocos Noánamaes (ahora conocidos como Waunaan) en el camino de las bocas del San Juan hasta Nóvita, pero no vuelve a mencionar indígenas en su camino hacia el Cerro Torrá.

La colonización campesina de finales del siglo XIX encontró densos y centenarios bosques de niebla dominando el antiguo territorio de los Guarras. El saqueo de restos arqueológicos indígenas (“guaqueo”) fue una de las motivaciones principales para incursionar la Serranía. Los restos arqueológicos son abundantes en El Cairo, en la cuenca del río Vueltas (alto Garrapatas). Cientos de plataformas artificiales son aún distinguibles en el municipio, y en la región se han saqueado cientos de tumbas y extraído miles de artefactos, que datan de un poblamiento indígena entre los siglos X y XVI (Rodríguez 1984).  

El Alto San Juan para los españoles, mapa de 1610. Los numerosos ríos que convergen en el San Juan (S de Oro) nacen en su mayoría en el macizo del Tatamá y la Serranía de los Paraguas.

Para finales del siglo XIX, que se centra el interés extranjero en los recursos minerales del Pacífico,  Cerro Torrá era considerado una fuente rica en oro (White 1883, Restrepo 1888), emblemática del Chocó,  pero al parecer no fructificaron las prospecciones extranjeras y locales que se hicieron por lo menos hasta 1945, principalmente por la Chocó Pacific Mining Company, que controló la extracción de oro y platino del Chocó (y Nóvita) desde 1897 hasta 1974 (sin entregar regalías a la Nación), incluyendo el periodo 1916-1926 cuando el saqueo de la Chocó Pacific Mining Co a la región vecina de Condoto hizo de Colombia el primer exportador de platino a nivel mundial (Leal 2009).  De esa época datan las primeras dragas usadas en la región para la extracción de minerales.

 

Las prospecciones en Cerro Torrá por oro incluyeron expediciones locales pagadas por el cura español de El Cairo en 1945 (Silverstone y Ramos 1995) y la construcción, quizás en los 1930s o 40s, de un helipuerto en 4°46' N, 76°29' W, que fue luego sitio de referencia de sitios de colecta de la expedición botánica al Torrá en 1988 (Gries et al. 2014).  Desde la década de 1940 no vuelven a aparecer referencias al oro del Torrá.  Pero el Torrá sigue envuelto en la imprecisión y el misterio: en algunos documentos recientes persiste la idea de que es un cerro aislado y le otorgan la altura que White le calculó en 1878: 12,000 pies o 3,657 metros. El profesor Philip A. Silverstone llegó a sus cumbres en 1988 con Abel Henao, baquiano de El Cairo que ya lo había escalado en 1945, y midió su pico en 2,770-2,800 metros (Silverstone & Ramos 1995). De los especímenes obtenidos de las  expediciones al Torrá hace 30 años aún se siguen identificando nuevas especies. Entre muchos habitantes de la región persisten las leyendas del Cerro y para los botánicos es legendario. El Torrá es aún un cerro mítico.

 

La  cuenca alta del río Vueltas-Garrapatas se repobló a finales del siglo XIX y principios del XX por colonos campesinos que huían de la desolación de la Guerra de los Mil Días (1899-1902) o que buscaban ocupar baldíos en la Cordillera Occidental lejos del control de los terratenientes dueños de grandes haciendas, y bajo el empuje del auge de la economía cafetera, que había iniciado a finales del siglo XIX en los Santanderes, Cundinamarca y Tolima. De entonces data la identidad colonial de Colombia como productora de café, pues debido a las plagas que desde 1876 acabaron con los cultivos de las colonias europeas en Java y Sri Lanka, el capitalismo europeo buscó continuar con el negocio en sus colonias  económicas de Sudamérica (comenzando con Costa Rica, Venezuela y Brasil), que cuando Colombia entró al negocio ya era la principal región productora a nivel mundial (Machado 2001).  En el Eje Cafetero, la Cordillera Occidental y el nororiente de la Serranía, las familias colonas campesinas fueron estableciendo una economía cafetera mixta de grandes haciendas y pequeñas fincas cafeteras. Para la primera mitad del siglo XX ya se habían fundado cuatro pueblos campesinos en la Serranía de los Paraguas: Albán (llamado primero El Silencio) en 1905, El Cairo (primero llamado Haceldama) en 1919, San José del Palmar en 1938 (en el Chocó) y El Balsal en 1941 (Versalles, Valle del Cauca).

Desde la Serranía de los Paraguas se hicieron intentos de colonización campesina del Chocó. A partir de la década de 1930 El Cairo sería puesto de avanzada para la colonización campesina del norte de la Serranía hacia el Chocó. Mientras, al sur de la Serranía, en el Cañón de Garrapatas, se harían intentos de colonización desde poblaciones de la Cordillera Occidental: Versalles, El Dovio y Bolívar. Estas dos fueron las mismas rutas que siguió la invasión española del Chocó en el siglo XVI (Romoli 1975). En 1947 se estableció parte de la divisoria de aguas de la Serranía de los Paraguas (“la serranía donde nace el río Sipí”) como límite oficial entre los departamentos de Chocó y Valle del Cauca (Congreso de Colombia 1947).

 

Con el respaldo financiero y político de empresarios cafeteros liberales del Eje Cafetero, la economía del cultivo de café que establecieron los colonos prosperó desde 1941 cuando se duplicaron los precios internacionales del café latinoamericano por el Acuerdo Interamericano del Café de 1940 (Daviron y Ponte 2005) y El Cairo avanzó como frente de colonización hasta la década de 1960 cuando prosperó Rioblanco, un caserío en la frontera de colonización campesina, del lado Chocó del Cerro El Inglés, al noroccidente de la Serranía.  A partir de su pico en la década de 1960, la economía cafetera local en El Cairo entra en decadencia por las oleadas de asesinatos y masacres durante el periodo de la Violencia (1949-1966) impuesta por terratenientes conservadores del Valle del Cauca contra campesinos liberales en la Cordillera Occidental y perpetradas por los paramilitares de entonces, los “pájaros” y “chulavitas” (Delgado 2011):

“...ante la expectativa de las elecciones presidenciales a celebrarse en noviembre de 1949, los dirigentes conservadores más radicales del Valle del Cauca emprenden una cruzada para ganarlas a todo precio. Comienzan los asesinatos selectivos, especialmente en los municipios del norte como El Águila, Toro, Ansermanuevo, El Dovio, Bolívar, Versalles, Roldanillo y El Cairo, donde se denuncian más de 100 asesinatos entre junio y agosto de 1949. (...)

...el jefe del Directorio Conservador, propietario del periódico Diario del Pacífico, Nicolás Borrero Olano, junto al político Hernando Navia Varón, ofrecieron no solo respaldo político sino armas y dinero para el plan y primer objetivo de conservativar la Cordillera Occidental en el norte del Valle. (...)

El 6 de octubre de 1949 es nombrado como gobernador del Valle del Cauca, Nicolás Borrero Olano, mentor y fundador de los pájaros. Al asumir la gobernación días después, continuó su apoyo a El Cóndor Lozano en Tuluá, a Leonardo Espinosa en Trujillo, a Mario Restrepo en El Dovio y José Ignacio Giraldo en Versalles, para adelantar las agresiones contra el campesinado liberal. En menos de dos meses el trabajo estuvo realizado, se produjo la desbandada liberal de la Cordillera Occidental con cientos de crímenes a cuestas.”

 

Después de la Violencia, llegó el fin de la bonanza cafetera: luego de cinco décadas de bonanzas o precios estables, por la ruptura del Acuerdo Internacional del Café en 1989 y la caída de los precios internacionales del grano (Daviron y Ponte 2005). El Cairo pasó de una población rural y urbana de 17,018 habitantes en 1964 a 9,356 en 2005 (CNMH 2014).

Ruta de la Expedición BIOPACÍFICO a la Serranía de los Paraguas, 1995.

Desde la década de los 80s, el norte de la Serranía de los Paraguas adquiriría una nueva identidad como importante región en biodiversidad, primero como parte del Chocó biogeográfico (Biopacífico 1996, Franco 2007), y luego como lugar emblemático de los Andes Tropicales (CEPF 2015). Su excepcional biodiversidad se comenzaría a conocer académicamente gracias a colectas de expertos mundiales en Botánica (James L. Luteyn, Thomas B. Croat, E. Forero) en el norte de la Serranía de los Paraguas en la década de los 70s, a las expediciones (1982, 1984, 1988) lideradas por el profesor Philip Silverstone de la Universidad del Valle a Cerro Torrá (Silverstone y Ramos 1995), y de Univalle y la Universidad Nacional (Bogotá) en los 80s y 90s a Cerro El Inglés, Galápagos y San José del Palmar.

 

Una expedición del proyecto GEF Biopacífico en 1995, que contó con participación local de habitantes de El Cairo, San José del Palmar y Nóvita, por el norte de la Serranía, incluyendo la región de Rioblanco, el Alto del Oso y las vertientes nororientales del Torrá (Biopacífico 1996), comenzó a consolidar la identidad de Serranía de los Paraguas como área de importancia por su biodiversidad y a fortalecer la conciencia local sobre su importancia a nivel nacional y mundial , además de llamar la atención sobre el avanzado estado de deterioro y amenaza de los bosques de la Serranía en El Cairo (El Tiempo 1995).

 

Desde 1996 la comunidad local de San José del Palmar y El Cairo darían forma territorial a esa nueva apropiación de la Serranía creando Serraniagua, Organización Ambiental Comunitaria, una red de diversas iniciativas de conservación comunitaria que en 20 años han incluído: restauración y protección de cuencas, sistemas productivos agroforestales, sistemas silvopastoriles, reservas privadas, fincas agroecológicas, reservas comunitarias, emprendimientos basados en productos naturales, fondo productivo solidario, redes de productores, red de mujeres, marca de productos propios, casa comunitaria/museo/ecotienda/tienda de café, y formación de expertos locales en ordenamiento predial, plantas medicinales, agroecología, aves, orquídeas, turismo especializado de naturaleza y SIG.

 

Serraniagua fue la encargada de la elaboración de los Esquemas de Ordenamiento Territorial del municipio de El Cairo (2001 y 2015) y en 2001 establecería la que en pocos años se convertiría en la más importante reserva comunitaria de los Andes Tropicales: la Reserva Comunitaria Cerro El Inglés.  Actualmente, entre San José del Palmar y El Cairo se cuenta con cerca de 30 reservas privadas y fincas agroecológicas. La iniciativa de creación de reservas privadas también ha prosperado en los municipios vecinos de Versalles y El Dovio, bajo el liderazgo de las ONG Corpoversalles y Ecofuturo. Los municipios de San José del Palmar, El Dovio, Versalles y Bolívar (limítrofe con la Serranía y en el cañón del Garrapatas) crearon recientemente sus Sistemas Municipales de Áreas Protegidas, los últimos tres bajo el liderazgo Ecofuturo, con sede en Bolívar. Tanto Corpoversalles como Ecofuturo son Organizaciones Articuladoras de Reservas Naturales de la Sociedad Civil, registradas ante Parques Nacionales y el Ministerio de Ambiente.

 

Todos estos acontecimientos desde el siglo pasado, relativamente recientes, y el clima húmedo del Chocó, han dado no sólo identidad sino forma al paisaje actual de la Serranía: la región nororiental de la Serranía (alto Vueltas-Garrapatas) está dominada por potreros, rastrojos y cultivos hasta aproximadamente los 2000-2200 msnm, sobre los cuales nuevos y viejos bosques cubren las crestas altas de la Serranía. El Cairo ya no es un frente de colonización: ni la ganadería ni el café prosperaron en el Chocó ni en las partes altas de la Serranía, aunque la ganadería amenaza con volver a las partes altas. La carretera para aserradores alrededor del Cerro El Inglés (parte del camino hacia Rioblanco) se perdió gradualmente durante los deslizamientos de los fuertes inviernos asociados a los fenómenos de El Niño de las décadas de 1990 y 2000. Los restos de la carretera, sobre los que crecen bosques jóvenes, sirven como sendero principal de la Reserva Comunitaria Cerro El Inglés, cuyo desarrollo a partir de viejos predios ganaderos, ha servido en parte como control territorial comunitario contra actividades extractivas ilegales y para la restauración de bosques de niebla. Se han descubierto 19 especies endémicas al Cerro, cuya Reserva Comunitaria protege la mayor parte de la flora y fauna amenazadas reportadas para la Serranía. La Serranía de los Paraguas ahora es reconocida a nivel mundial como Área Clave de Biodiversidad de los Andes Tropicales.

 

Los potreros y plantaciones que dominaban en los años 1950 y 60 el paisaje de Rioblanco en la vertiente Chocó del Cerro El Inglés, son ahora densos y jóvenes bosques de niebla. Pero la intensa deforestación del siglo pasado y la tala selectiva dejaron graves secuelas: la mayoría de las “maderas finas” (árboles de alto valor comercial) se presumen extintas del nororiente de la Serranía y mucha de su fauna y flora emblemáticas está en Libros Rojos o listados de especies amenazadas a nivel mundial (UICN, CITES). El enclave seco del cañón del río Garrapatas, en los municipios de Versalles, El Dovio y Bolívar, perdió toda su estructura y función: la casi totalidad del ecosistema ha sido sustituido por cultivos y potreros. Era uno de los muy pocos ecosistemas naturales de enclaves secos en el Pacífico colombiano.

 

En 2011 parte del área rural y el casco urbano del municipio de El Cairo fueron incluídos en el Paisaje Cultural Cafetero (PCC), ingresado en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO (World Heritage Center, 2011).  Gran parte de los cultivos de café de El Cairo son de café con sombrío, el cual debería constituir la identidad productiva del PCC según la opinión de los expertos que lo evaluaron (ICOMOS & IUCN, 2011), y son la única parte del área principal del PCC de Colombia en el Pacífico. Sin embargo, en la práctica, se viene promocionando al Paisaje Cultural Cafetero, que cubre casi todo el municipio de El Cairo, incluyendo su hermoso casco urbano, bello ejemplo de arquitectura vernácula, como atractivo de macro-proyectos de turismo neoliberal promovidos por el Estado y que llevan a la contaminación, la gentrificación y a la prostitución infantil, que ya carcomen al Eje Cafetero en regiones como Salento y a otros Patrimonios de la Humanidad, como Cartagena.

Cerro Torrá y la vertiente Sipí de Serranía de los Paraguas permanecen cubiertas de bosques y son en su mayor parte territorio colectivo de Consejos Comunitarios legalmente reconocidos: ACADESAN y el Consejo Comunitario Mayor de Nóvita, ambos establecidos en 2001. En San José del Palmar, cuenca del Ingará, y en Nóvita, cuenca del Tamaná, se encuentran respectivamente los resguardos Êbêra-Katío de Copé del río Ingará, y de Sabaletera, San Onofre y El Tigre. El extremo sur de la Serranía se repobló en la segunda mitad del siglo XX por familias Êbêra-Chamí (los Chamí son los Êbêra originarios del Tatamá) migrantes de El Dovio, a donde habían llegado en la década de 1930, desde San Antonio del Chamí, al nororiente del Tatamá, desplazados por la colonización mestiza de sus antiguos territorios. Los Êbêra gradualmente colonizaron la Serranía hacia el sur, donde actualmente existen ahora tres resguardos, dos de ellos (Batatal y Sanandocito) con territorios sobre el extremo sur de la Serranía de los Paraguas y el otro (Cañón Río Sanquininí) en Bolívar, del otro lado del Garrapatas.  El siglo pasado se asentaron en El Cairo familias de una comunidad Êbêra-Chamí proveniente de Alcalá (Valle del Cauca, cordillera central), a quienes se les reconoció como Resguardo Doxura en 2001. Algunas familias Êbêra-Chamí se encuentran dispersas en veredas y comunidades indígenas de El Dovio y Versalles, fuera del territorio de los resguardos. La desnutrición y alta mortalidad, especialmente de niñas y niños, ha sido una constante en los resguardos del sur de la Serranía y el Cañón del Garrapatas, bajo una indolencia casi generalizada.

Territorios étnicos de la Serranía de los Paraguas (en verde): territorios de Concejos Comunitarios en achurado, Resguardos Indígenas en morado.

Actualmente, al extremo sur de la Serranía de los Paraguas, las veredas Playa Rica, Birmania, Montebello y El Pedral, del Corregimiento Playa Rica de El Dovio, se encuentran en un limbo territorial y al desamparo de representatividad política y de recursos del Estado: hacen parte del municipio de El Dovio según la Ordenanza departamental 014 de 1956, pero esta ordenanza desconoció la Ley 13 de 1947 que creó el Departamento del Chocó, el cual quedó administrativamente con el territorio que corresponde a las veredas que históricamente y hasta el momento han sido territorio de El Dovio.  En consecuencia estas cuatro veredas no fueron censadas en 2005 por el DANE, con lo cual no reciben recursos públicos del Estado central ni pueden elegir concejales, aunque el municipio de El Dovio aún les atiende. La situación no ha sido resuelta ni por el Departamento del Valle ni por el Estado central, indolentes ante la crisis humanitaria que se puede desencadenar en el territorio socialmente más frágil de la Serranía de los Paraguas, lo cual aprovechan la minería transnacional, para prometer prosperidades (IFC 2016) en nombre del saqueo, y el Estado, para legalizar sin oposiciones la explotación del Serranía.

El resultado de todos estos procesos de ocupación y transformación de la Serranía, es una matriz compleja de territorios y realidades étnicas y campesinas en medio de diversas amenazas y conflictos ambientales. En la Serranía los territorios de los consejos comunitarios afro-colombianos ocupan aproximadamente el 72% y los resguardos indígenas el 6%, en un contexto de alto riesgo promovido por el gobierno central y las fuerzas ilegales: las plantaciones de coca y la minería ilegal de oro siguen prosperando en las colinas y las tierras bajas que bordean la Serranía en el Chocó, la Agencia Nacional de Hidrocarburos tiene listos para conceder bloques de hidrocarburos en todas las tierras bajas del San Juan, y la Agencia Nacional Minera recibe solicitudes y ha concedido varios títulos mineros sobre Cerro Torrá y el sur de la Serranía de los Paraguas: un título minero que cubre territorios de El Dovio y Sipí actualmente se encuentra en fase de exploración por parte de Colombian Mines Corporation, una minera canadiense financiada por el grupo Banco Mundial (IFC 2016).  Mientras, en el norte de la Serranía de los Paraguas la acumulación local de capital y el sistema financiero promueven la ganadería y los cultivos con uso intensivo de agroquímicos.

 

Por otra parte, las cuencas bajas del Garrapatas y del Ingará han estado controladas desde la década de 1990 por paramilitares y guerrillas disputándose sangrientamente el control de la minería ilegal y del tráfico de insumos y productos de cultivos y laboratorios de coca (CNMH, 2014), en el cual la Serranía de los Paraguas sigue jugando un papel como corredor estratégico. El violento control paramilitar de la cuenca del Garrapatas y sus enfrentamientos con las guerrillas por el control de la cuenca del Ingará, generaron una segunda ola de violencia (1994-2012) en la región, quizás más sangrienta que la Violencia conservadora-liberal y que dió origen a los Machos y los Rastrojos en el cañón del Garrapatas, dos de los grupos paramilitares más sangrientos del país.

 

El paisaje a lo largo del norte de la Serranía de los Paraguas ha sido transformado radicalmente en apenas poco más de un siglo desde aquel selvático que encontraron los primeros colonos campesinos creciendo sobre los antiguos paisajes productivos de milenarios pueblos indígenas exterminados por la conquista europea. En medio de su esplendor como refugio de una biodiversidad única a nivel mundial y de su paisaje cafetero Patrimonio Cultural de la humanidad y de las comunidades locales, la Serranía de los Paraguas es también un territorio históricamente saqueado, arrasado y explotado, actualmente codiciado para su explotación por parte de multinacionales mineras, escenario de disputas territoriales entre actores armados y donde niñas y niños indígenas todavía mueren de enfermedades prevenibles y hambre. La miseria no es ajena a los campesinos mestizos de la Serranía, que tienen de los mayores índices de Necesidades Básicas Insatisfechas del Valle del Cauca. La explotación y la pobreza siempre han estado en el presente y la memoria de las comunidades afro-colombianas del San Juan. No se puede hablar de preservar la riqueza natural y cultural de la Serranía de los Paraguas sin que esto se corresponda con una vida digna y plena para TODAS sus comunidades. El siguiente paso en la historia de la Serranía los Paraguas comienza a ser y debe ser comunitario: depende de la solidaridad entre los procesos organizativos propios, en medio de la incapacidad e indolencia históricas del Estado.

Corporación Serraniagua

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